Ideas y conclusiones del ZoomSpace de Despacio en el marco del Octubre Urbano 2026
Una vivienda adecuada es mucho más que un techo. Colombia lleva tres décadas intentando resolver su problema habitacional casi solo con vivienda nueva. Esa idea atravesó la conversación del 14 de octubre, en la que el área de Desarrollo Sostenible de Despacio quiso retar lo intuitivo a propósito del lema de ONU-Hábitat para este Octubre Urbano: vivienda adecuada para todos.
Nos acompañaron tres investigadoras de la Universidad de los Andes: Adriana Hurtado Tarazona, directora del Centro Interdisciplinario de Estudios sobre Desarrollo (CIDER); Clemencia Escallón, profesora de cátedra de la Facultad de Arquitectura; y Carolina Blanco, profesora asociada de la Facultad de Arquitectura y Diseño y codirectora del Observatorio de Vivienda. La moderación estuvo a cargo de Juliana Gámez, asesora de proyectos de Despacio. Estas son las ideas que nos dejaron.
Más que un techo: la vivienda empieza afuera
Adriana Hurtado recordó que la definición de ONU-Hábitat es amplia y que no todos sus atributos están dentro de la casa. Los agrupó en dos paquetes:
- Por un lado, la vivienda en sí misma y el acceso a ella: habitabilidad —incluidas la ventilación y la iluminación—, asequibilidad económica y seguridad en la tenencia. Esta última no equivale a ser propietario, sino a no vivir bajo la amenaza de perder el lugar.
- Por otro lado, la inserción en el entorno: servicios públicos, transporte y, según sus investigaciones, sobre todo equipamientos de salud y educación.
A ello se suma la adecuación cultural, clave en un país con brechas tan grandes entre lo urbano y lo rural, entre regiones y entre grupos étnicos. Adriana Hurtado señaló, además, que la Constitución colombiana habla de vivienda digna, un término cuyo significado suscita otras discusiones y es aún más difuso. Hablar de vivienda adecuada ayuda a concretar qué condiciones garantizan ese derecho.
Clemencia Escallón añadió a esta discusión una idea de ONU-Hábitat menos visible en esa lista: la vivienda es lo que una persona y un colectivo necesitan para desarrollar su proyecto de vida, una plataforma para cada etapa económica, educativa y cultural.
Carolina Blanco hizo un llamado a su gremio: no trabajar con los mínimos. Los estándares orientan, pero cumplirlos se ha vuelto sinónimo de haber terminado. Hacer las cosas bien, insistió, no necesariamente cuesta más.

Estamos resolviendo el problema que no es
Sabemos qué debe tener una vivienda adecuada, pero la realidad va en otra dirección. Clemencia Escallón citó un estudio reciente de Camacol según el cual uno de cada cuatro hogares de Bogotá vive en entornos de origen informal. Lamentó que llevemos unos 30 años con el mismo discurso y las mismas preguntas.
Para Adriana Hurtado, el problema de fondo es que, desde los años noventa, la política ha entendido el déficit como falta de unidades. Es decir, se ha abordado la problemática casi exclusivamente mediante la construcción de vivienda nueva. Esta política exige que los hogares de ingresos medios o bajos reúnan tres cosas: subsidio, crédito y ahorro propio. Sin embargo, muchos no logran reunirlas: los que trabajan en la economía informal, los que tienen grandes cargas de cuidado y los hogares con jefatura femenina. Por eso, aunque la construcción de vivienda de interés social creció con fuerza desde 2007, la informalidad no se redujo. En palabras de Hurtado, estamos resolviendo solo una parte del problema.
Carolina Blanco agregó un matiz: la informalidad no es estática. Esos barrios están en plena transformación, mientras la política sigue quieta y ofrece soluciones pequeñas que no dialogan con esas dinámicas.
Hogares reales, no el dibujo de kínder
La política sigue pensada para una pareja joven con un hijo pequeño. Adriana Hurtado explicó que, en la práctica, acceder incluso a una vivienda de interés social exige reunir recursos de las familias extendidas. Carolina Blanco sumó otros arreglos, como el de colegas que comparten vivienda para vivir cerca del trabajo o pagar menos.
Sobre el enfoque de género, Carolina Blanco precisó que diseñar con esa perspectiva no consiste en construir exclusivamente para mujeres. Implica tomar decisiones de arquitectura —aperturas, accesibilidad y vegetación— y, sobre todo, perfilar mejor a los hogares. Colombia es uno de los países de la región con más mujeres que crían solas, un grupo que la política no puede ignorar.
Las investigaciones de Adriana Hurtado con mujeres jefas de hogar que compraron vivienda de interés social mostraron que la localización influye especialmente en estos hogares. Como las mujeres suelen asumir una mayor carga de trabajo de cuidado no remunerado, hacen más viajes diarios. Vivir lejos les quita tiempo para dormir, alimentarse y cuidarse.
La diferencia la marcaba la cercanía a las redes de apoyo: alguien con quien turnarse el cuidado de las niñas y los niños o de una persona con discapacidad. Con esa red cerca, era más probable sostener la vida en el nuevo lugar.
El arriendo como alternativa
La presión social por adquirir vivienda propia afecta a todos por igual, pero la oferta nueva casi siempre está en la periferia de las ciudades, lejos de las redes de cuidado y apoyo cotidiano. Frente a esto, Clemencia Escallón planteó que arrendar es una elección inteligente: permite vivir en mejores ubicaciones sin comprometer la calidad de vida ni descapitalizarse.
Según Adriana Hurtado, Colombia es el país latinoamericano con más hogares arrendatarios y Bogotá es la ciudad del país con más hogares en arriendo. No todos se volverán propietarios en pocos años, así que la política necesita alternativas de alquiler de largo plazo pensadas con más creatividad.
Otra posibilidad poco explorada es el acceso colectivo: cooperativas, vivienda colaborativa y corresidencia, muy presentes en los barrios populares. El obstáculo, explicó Clemencia Escallón, es que todo funciona de forma individual: el subsidio, el crédito y la escritura. No hay líneas de crédito para colectivos y las figuras jurídicas son complejas dentro de nuestro marco normativo.
Carolina Blanco destacó que Bogotá ya ha probado el arrendamiento social y temporal, y señaló a Viena como referente, donde los subsidios colectivos permiten a grupos diversos de hogares diseñar sus propios proyectos.

Mejorar lo que ya existe y hacerlo en colectivo
La alternativa a construir siempre desde cero es trabajar con lo que hay y apoyar los procesos de densificación que ya ocurren. Adriana Hurtado explicó que el mejoramiento en Colombia tiene varias décadas de historia y que, por lo general, los gobiernos locales han estado más a cargo de estos programas. Se ha centrado sobre todo en el ámbito barrial, de la casa hacia afuera: infraestructura, vías, parques y espacio público. Ha habido menos mejoramiento dentro de las viviendas. Al mismo tiempo, los barrios de origen informal, sobre todo los mejor ubicados, siguen densificándose: crecen en altura y se pueblan más, con o sin apoyo de los gobiernos u otros actores.
Citó dos referentes: la intervención en la quebrada Juan Bobo, en Medellín, donde se decidió, casa por casa, quién debía reubicarse y quién podía quedarse con obras de mitigación; y el piloto del Plan Terrazas en Bogotá, para reforzar y ampliar viviendas. Este último se quedó corto, pero equivocarse, advirtió, es parte de experimentar.
Aquí apareció el cambio climático. Reasentar a todas las personas que viven en zonas de riesgo ha traído problemas graves. Adriana Hurtado citó el caso de Buenaventura, estudiado en una tesis del CIDER: familias que vivían en palafitos y dependían del agua fueron trasladadas al interior, lejos de sus medios de vida, y hoy enfrentan deslizamientos e inundaciones.
Clemencia Escallón añadió que el mejoramiento individual es técnica y operativamente inviable a escala. Propuso pensar las intervenciones por manzanas, con gestión colectiva y prioridad en el reforzamiento estructural: muchas viviendas de Bogotá tienen estructuras muy deficientes frente a los sismos.
¿Están respondiendo el Estado y el mercado?
Solo en parte, respondió Carolina Blanco: el déficit y los barrios de origen informal siguen creciendo. Como advirtió Adriana Hurtado, el mejoramiento y la tenencia colectiva responden a una lógica de política social que choca con un modelo que ha apoyado la construcción de vivienda nueva como motor económico.
También alertó sobre la oferta formal dirigida a los estratos 2, 3 y 4: unidades muy pequeñas, poco flexibles y poco atractivas. No son indignas, aclaró, pero llenar la ciudad de viviendas así puede ser una lectura equivocada del mercado.
La salida, insistió, exige más esfuerzo y equipos transdisciplinares que entiendan las dinámicas locales mediante el trabajo de campo.
Lo que nos llevamos
Al cierre, cada panelista dejó una idea para seguir:
- Darle voz al usuario. Para Clemencia Escallón, quienes habitan la vivienda, ya sean arrendatarias o propietarias, son las grandes ausentes en las decisiones de política y de producto. También pidió pensar en la colectividad, las comunidades y los barrios.
- Trabajar con otros actores. Adriana Hurtado recordó que las organizaciones comunitarias, las fundaciones y las ONG ya producen vivienda adecuada; el reto es cooperar con ellas.
- Prepararse para una sociedad que envejece. Con menos niñas y niños y más personas mayores, hay que repensar la vivienda y los espacios colectivos.
- Equidad no es igualdad. Para Carolina Blanco, cerrar brechas con quienes menos tienen costará más esfuerzo y recursos, y eso está bien.
- Educar y aliarse. Se necesita educación financiera y técnica en los barrios, además de alianzas entre la academia, el sector privado y el gobierno, para cerrar la brecha entre lo que sabemos y lo que hacemos.
Desde Despacio nos quedamos con una certeza: esta conversación apenas comienza. Preguntarnos por una vivienda adecuada para todas las personas obliga a preguntarnos también quiénes son esas personas, dónde y cómo quieren vivir, y si nuestras políticas están diseñadas para ellas.
Publicado por: Despacio
