Aunque caminar es una de las prácticas urbanas más comunes en Bogotá, con el 90 % de las personas reconociéndose como peatona, pocas veces se piensa en la caminata como un acto de contemplación, bienestar o reconexión con el entorno. Mucho menos desde la mirada de las mujeres que habitan la ciudad cotidianamente.
Con esta pregunta en mente Laura Leiva, Diana Vera y Diana Rodríguez, estudiantes de la Maestría de Género e integrantes del Centro Interdisciplinario de Estudios sobre Desarrollo (CIDER) de la Universidad de los Andes, en colaboración con el área de Género, comunidad y territorio de Despacio, desarrollaron un piloto de investigación con enfoque de género para comprender cómo un grupo de 73 mujeres residentes en Bogotá experimenta la caminata, qué tensiones atraviesan esta práctica y si, a pesar de las barreras, puede convertirse en un espacio contemplativo.

Caminar más allá del desplazamiento
La caminata contemplativa, entendida como un acto de atención plena al entorno y al propio cuerpo, ha sido históricamente conceptualizada desde experiencias masculinas y privilegiadas. Por eso, este piloto pone en el centro la pregunta por cómo caminan las mujeres, no solo hacia dónde o por qué.
Los hallazgos muestran que caminar cumple un rol fundamental en la salud emocional de las participantes:
- El 95 % afirma que caminar mejora su bienestar o reduce el estrés.
- El 52 % practica la caminata contemplativa de manera habitual.
- El 69,8 % se siente “presente” en sus sentidos al caminar.
Aun así, esta presencia está atravesada por la necesidad permanente de evaluar riesgos, anticipar peligros y decidir rutas, horarios o ritmos en función de la seguridad.
Seguridad: una necesidad permanente
La percepción de inseguridad emergió de forma espontánea en casi todas las entrevistas.
Las mujeres caminan en un equilibrio continuo entre el disfrute y la alerta.
Entre los hallazgos más relevantes se destacan:
- El 77 % considera que caminar incrementa el riesgo de robo en la ciudad.
- El 14 % de las participantes ha vivido acoso o hechos delictivos mientras caminaba.
- El barrio propio se percibe más seguro (3,8/5) que el resto de la ciudad (2,5/5).
Esta tensión limita la posibilidad de ir más despacio, de mirar con calma, de contemplar. Las mujeres lo expresan con claridad:
«Si vamos caminando nosotras solas y tú ves a un hombre que viene caminando también por un lugar donde tú estás tranquila, tú te alertas. Y dices, “algo me va a hacer…” Sí, pues obviamente depende del tipo de persona. Pero normalmente yo ya desconfío. Me han pasado unas cosas tan feas» (Participante 2, 21 de noviembre de 2025).
Caminar siendo mujer en Bogotá implica estar atenta, en movimiento y en estado de vigilancia constante.
El cuerpo como territorio de memoria y significado
Uno de los aportes más relevantes del estudio es la manera en que las mujeres narran su relación sensorial y emocional con la ciudad al caminar.
- El 74 % identifica lugares que evocan recuerdos o experiencias personales. Parques, árboles, montañas y detalles mínimos del entorno (una flor, un colibrí, el sonido del viento) aparecen como los principales detonantes de la contemplación.
Las entrevistas también revelan que la naturaleza urbana funciona como refugio: lugares donde las mujeres pueden bajar la guardia y experimentar la caminata desde el bienestar.
La carga de cuidado: un obstáculo silencioso
Aunque este no era un foco principal del piloto, surgió un hallazgo clave:
- Entre las mujeres con hijas/os, el 51 % no realiza caminatas contemplativas.
- Entre quienes no tienen responsabilidades de cuidado, esta cifra baja al 41 %.
Esto sugiere que las tareas de cuidado (que recaen desproporcionadamente sobre las mujeres) limitan el tiempo, la disposición y la energía para una caminata que no sea meramente funcional.
Cuando las mujeres contemplan, la ciudad se transforma
A pesar de las barreras, la investigación muestra que las mujeres reclaman la caminata como un espacio de bienestar, agencia y reconexión. Caminar se convierte así en un acto político, en una ciudad donde el disfrute no siempre es un derecho garantizado.
Como lo expresó una participante:
«Siento que caminar me vuelve más observadora de muchos detalles y eso me permite contemplar» (Participante 3, 21 de noviembre de 2025).
Las fotografías compartidas por las mujeres también revelan esta experiencia: naturaleza, mascotas, vistas de la ciudad desde Monserrate, pequeños detalles y grandes paisajes. Todas ellas muestran una relación íntima y compleja con la ciudad.
¿Por qué importa este piloto?
Este primer estudio abre la puerta a investigaciones de mayor escala que permitan profundizar en:
- cómo las desigualdades de género atraviesan la caminata;
- qué condiciones urbanas facilitan o limitan el bienestar;
- y qué políticas podrían garantizar ciudades donde caminar sea seguro, contemplativo y accesible para todas.
La evidencia es clara: la caminata contemplativa no es un lujo; es una práctica fundamental para la salud mental y la calidad de vida urbana.
Garantizar que las mujeres puedan caminar sin miedo (y con tiempo, calma y libertad) no solo es un asunto de movilidad: es una apuesta por una ciudad más humana, justa y vivible.
Contribución de autoras
- Alejandra María Álvarez: Redacción – borrador original.
- Freddie Bossa: Revisión y edición.
| “Este documento fue elaborado con apoyo de Microsoft Copilot powered by GPT‑5 (herramientas de Inteligencia Artificial – IA) para sintetizar el trabajo de grado y revisar la redacción del presente artículo. El equipo humano de Despacio definió la estructura, revisó, validó y complementó la información, garantizando la coherencia con los principios éticos y metodológicos de Despacio, siguiendo nuestra política de uso responsable de IA.” |

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